La posibilidad de trabajar desde casa puede facilitar la presencia de madres y padres en la vida de sus hijos, pero cuando el trabajo y las tareas de cuidado se superponen permanentemente, también puede convertirse en una fuente de estrés crónico, agotamiento y dificultades para desconectarse. La Dra. Gabriela Moreno Maturana, integrante del directorio de la Sociedad Chilena de Medicina del Trabajo (SOCHMET), aborda los principales riesgos y entrega recomendaciones para proteger la salud y la convivencia familiar.
Teletrabajar puede ofrecer importantes beneficios para las familias. Permite reducir los tiempos de traslado, estar más presentes en la crianza, aportar económicamente y desarrollar otras áreas de la vida. Sin embargo, cuando esa modalidad se combina con el cuidado de los hijos sin contar con apoyo externo, la frontera entre trabajo y vida familiar puede comenzar a desaparecer.
Así lo explica la Dra. Gabriela Moreno Maturana, médica cirujana, especialista en Salud Pública y Medicina del Trabajo e integrante del directorio de la Sociedad Chilena de Medicina del Trabajo (SOCHMET), quien advierte que el problema no está necesariamente en el teletrabajo, sino en la simultaneidad permanente de responsabilidades.
“Compatibilizar crianza y productividad requiere mucha estructura y disciplina para que se puedan cumplir los roles sin deterioro físico y mental”, señala.
Cuando el teletrabajo se convierte en un estresor permanente
De acuerdo con la especialista, el impacto sobre la salud es mayor cuando quienes trabajan y cuidan a sus hijos no cuentan con apoyo social o externo.
En esos casos, explica, la persona puede permanecer en un estado de alerta constante, intentando responder simultáneamente a múltiples focos de atención: una reunión virtual, un correo pendiente, la preparación de alimentos o las necesidades de los niños.
“El punto importante es que es un estresor permanente, no hay espacio para recuperarse y los efectos se ven a través de los meses”, advierte.
Esta dinámica puede asociarse a una peor salud mental, con mayor ansiedad, síntomas depresivos y sensación física de malestar. La especialista también alerta sobre el riesgo de burnout, producto de la exigencia de alternar continuamente entre las tareas laborales y las responsabilidades de cuidado.
Moreno explica que, desde la perspectiva de la neurociencia, más que realizar varias tareas simultáneamente, el cerebro realiza una alternancia rápida de la atención, conocida como task-switching. Ese cambio permanente de foco puede contribuir a mantener al organismo en un estado de activación prolongada.
El costo de intentar estar disponible para todos
Uno de los principales riesgos aparece cuando las responsabilidades laborales y familiares se superponen durante toda la jornada.
Preparar la comida mientras se responden correos, atender a los hijos entre reuniones o intentar cumplir con una tarea laboral mientras se supervisa a un niño puede generar una sobrecarga física y mental.
Esta situación también puede afectar la convivencia. La disminución de la tolerancia producto de la sobreexigencia puede aumentar la irritabilidad y las fricciones dentro de la pareja.
A esto se suma otro fenómeno: la llamada “telepresión laboral”. Cuando las interrupciones asociadas al cuidado impiden completar el trabajo durante el horario establecido, algunas personas terminan compensando esas horas después de su jornada.
El resultado puede ser una extensión constante del tiempo destinado al trabajo.
Cuando la jornada laboral nunca termina
Uno de los aspectos que la especialista considera fundamentales es establecer una frontera clara entre trabajo y vida familiar.
Cuando no existen horarios ni espacios definidos, se puede instalar una situación de “disponibilidad permanente”: la jornada se extiende más allá del horario establecido y la persona continúa conectada incluso durante momentos que deberían estar destinados al descanso o a la convivencia.
“Deja de existir la frontera entre el hogar y el trabajo”, señala Moreno.
Esta invasión del trabajo en el espacio familiar puede afectar la salud mental y también alterar el sueño, la alimentación, el ejercicio y la convivencia.
La dificultad para desconectarse tampoco termina necesariamente al cerrar el computador. El cerebro puede mantenerse activado frente a las responsabilidades pendientes, dificultando el descanso y favoreciendo problemas como insomnio, despertares frecuentes y bruxismo.
¿Y si los niños están en la misma habitación?
Para muchas familias, especialmente quienes viven en casas o departamentos pequeños, separar físicamente el espacio de trabajo del espacio familiar no siempre es posible.
Sin embargo, cuando se trabaja en la misma habitación donde los niños juegan, comen o realizan sus actividades, pueden aumentar las distracciones, el ruido y la dificultad para concentrarse.
Esto también puede generar irritabilidad y tensión en la relación con los hijos, especialmente cuando constantemente se les pide guardar silencio o no interrumpir.
Por eso, aunque una habitación exclusiva para trabajar sería lo ideal, la especialista propone generar alguna barrera física o simbólica cuando eso no sea posible. Una mesa, por ejemplo, puede funcionar como una señal concreta de que desde ese límite comienza el espacio laboral.
Las señales de que la sobrecarga está pasando la cuenta
¿Cómo saber cuándo la situación dejó de ser sostenible?
Moreno identifica señales tanto físicas como emocionales, cognitivas, sociales y laborales.
Entre las manifestaciones físicas pueden aparecer cefaleas tensionales, molestias digestivas, insomnio, tensión muscular —especialmente en el cuello—, cambios en la frecuencia cardíaca y síntomas cutáneos.
En el ámbito emocional, algunas señales son la irritabilidad, cambios de ánimo, llanto frecuente, sensación permanente de culpa, dificultad para disfrutar y distanciamiento emocional.
También pueden aparecer problemas de memoria, la llamada “niebla mental”, errores en el trabajo, procrastinación, aislamiento social y dificultades en la relación de pareja.
Reconocer estas señales es importante porque la sobrecarga no siempre aparece de manera repentina: puede instalarse progresivamente.
¿Qué pueden hacer las familias?
Para la especialista, uno de los primeros pasos es separar los roles tanto como sea posible, estableciendo límites de tiempo y espacio.
Entre sus recomendaciones están:
- Definir un horario máximo para trabajar y respetar la desconexión digital fuera de ese período.
- Distribuir las responsabilidades de cuidado cuando hay dos adultos en el hogar, de modo que no recaiga todo simultáneamente sobre una sola persona.
- Reducir las notificaciones del teléfono para evitar distracciones innecesarias.
- Establecer, cuando sea posible, un espacio exclusivo para trabajar.
- Si el espacio debe compartirse con los niños, crear una barrera física que marque el lugar de trabajo.
- Segmentar horarios, tareas y espacios, incorporando pausas.
- Evitar intentar hacer varias cosas al mismo tiempo: terminar una tarea antes de comenzar otra puede disminuir errores y frustración.
Pero hay una recomendación que atraviesa toda la conversación: dejar de exigir perfección.
Moreno plantea que madres y padres pueden experimentar culpa porque sienten que ninguna de sus responsabilidades está siendo cumplida al 100%. Sin embargo, esto no necesariamente significa falta de organización o eficiencia.
“La multiplicidad de tareas no hace posible cumplir con todo”, sostiene.
Por eso, recomienda flexibilizar las exigencias domésticas, priorizar lo esencial, evitar el perfeccionismo y mantener una comunicación permanente con la pareja para compartir las dificultades y distribuir los roles.
El rol de las empresas también importa
La conciliación no puede quedar exclusivamente en manos de las familias.
La especialista recuerda que en Chile existe un marco legal para favorecer la conciliación de la vida personal, familiar y laboral. La Ley 21.645 establece el derecho al uso preferente de teletrabajo o jornada híbrida, cuando la naturaleza de las funciones lo permita, para quienes tengan responsabilidades de cuidado de niños menores de 14 años o de personas con dependencia moderada o severa.
Además, Moreno destaca que la gestión de los riesgos psicosociales debe considerar medidas como el apoyo psicológico, la promoción de la corresponsabilidad y la capacitación de las jefaturas respecto del valor de la parentalidad presente.
También existe el derecho a la desconexión digital por un período mínimo de 12 horas continuas.
Esto resulta especialmente relevante en un contexto donde la tecnología permite que el trabajo continúe mucho después de terminada formalmente la jornada.
Trabajar y cuidar: no se trata de hacerlo todo
Para Moreno, uno de los principales cambios que necesitan hacer las familias es abandonar la idea de que deben ser capaces de responder perfectamente a todas las demandas al mismo tiempo.
Teletrabajar puede permitir una mayor presencia en la vida de los hijos y reducir costos y tiempos asociados a los traslados. Pero sus beneficios pueden perderse cuando la modalidad se transforma en una combinación permanente de trabajo, cuidado y disponibilidad.
Por eso, la especialista entrega una recomendación que puede parecer sencilla, pero que resulta especialmente importante: hacer una tarea a la vez.
Si se está preparando la comida, no necesariamente es el momento de responder correos. Si se está trabajando, es importante contar, en la medida de lo posible, con un espacio protegido para hacerlo.
Y, sobre todo, dejar de sentir culpa por no poder hacerlo todo al mismo tiempo.
Porque conciliar trabajo y crianza no debería significar estar disponible para todos, todo el tiempo, sino encontrar formas de organizar las responsabilidades que permitan también cuidar a quien cuida.