No hay que esperar a que sepan leer. El vínculo con los libros comienza mucho antes —y puede ser clave en el desarrollo emocional, del lenguaje y en la relación con sus padres.
En un contexto donde las pantallas dominan gran parte del tiempo de niños y niñas, la lectura temprana sigue siendo una de las herramientas más poderosas —y subestimadas— en la crianza. Así lo explica Geraldine Jara, directora de la carrera de Educación Parvularia de la UNAB, quien invita a las familias a dejar de ver los libros como una meta académica y empezar a integrarlos como parte de la vida cotidiana desde los primeros meses.
Leer no es solo saber leer
Uno de los principales mitos que enfrentan muchas familias es creer que los libros “no sirven” si los niños aún no saben leer. Pero la evidencia y la experiencia dicen lo contrario.
“Leer no es solo decodificar, es construir sentido”, explica Jara. Desde muy pequeños, los niños interpretan imágenes, anticipan historias y elaboran hipótesis sobre lo que ven. Es decir, ya están leyendo, aunque no lo hagan de forma convencional.
Incorporar libros desde la guagua no solo estimula el lenguaje, sino también el vínculo afectivo y la curiosidad. Es, en palabras de especialistas, una experiencia fundacional.
Libros según la edad: calidad antes que simplicidad
Más que simplificar, la clave está en ofrecer diversidad y calidad desde el inicio, y permitir que los propios niños elijan.
- 0 a 2 años: libros de tela, de baño o de cartón resistente, con imágenes claras.
- 2 a 4 años: libros álbum, con textos breves, repetitivos y con ritmo.
- 4 a 6 años: historias más complejas, con personajes cercanos y pequeños conflictos.
Además, se recomienda explorar librerías, espacios culturales o incluso guaguatecas, donde el acceso a libros se convierte en un panorama familiar.
Leer también es aprender a sentir
La lectura no solo impacta lo cognitivo. También tiene un rol profundo en el desarrollo emocional.
A través de los cuentos, los niños pueden reconocer emociones, procesar experiencias y sentirse acompañados. “Los libros permiten comprender y elaborar lo que sienten”, explica Jara. Incluso los cuentos tradicionales pueden ayudar a enfrentar miedos o conflictos internos.
En este sentido, el libro se transforma en un espacio simbólico de contención y desarrollo de la empatía.
El rol clave de los adultos
Aquí hay un punto central: los libros por sí solos no hacen la diferencia. El adulto es el mediador.
Leer con niños implica mucho más que narrar una historia: significa conversar, escuchar, hacer preguntas y validar lo que ellos interpretan. Es una experiencia compartida.
De hecho, Jara advierte que muchas veces la dificultad de comunicación entre padres e hijos no pasa por “falta de tema”, sino por falta de experiencias compartidas que generen ese diálogo.
La lectura, entonces, no solo forma lectores: construye vínculos.
¿Cuánto leer al día?
No se trata de cantidad, sino de constancia y calidad.
Entre 10 y 20 minutos diarios pueden generar un impacto significativo, siempre que se realicen en un ambiente tranquilo, afectivo y sin presión.
Porque si la lectura se vuelve una obligación, pierde su sentido. Los niños —y niñas— lo perciben.
¿Y las pantallas?
Más que competir con ellas, la invitación es ofrecer algo distinto.
Los libros proponen pausa, imaginación y conexión. Pero, sobre todo, requieren coherencia: los niños imitan lo que ven. Si los adultos disfrutan la lectura, ellos también lo harán.
Cómo fomentar el hábito lector en casa
No se trata de hacerlo perfecto, sino de hacerlo posible. Algunos consejos prácticos:
- Integrar los libros en la vida diaria (no solo como tarea)
- Crear pequeños rituales de lectura
- Permitir que elijan —y repitan— sus libros favoritos
- Tener libros disponibles en distintos espacios de la casa
- Convertir la visita a librerías o bibliotecas en un panorama familiar
“Cada lectura compartida es una oportunidad para construir sentido, vínculo y desarrollo”, concluye Jara.